Quisiera que mi vida olvidara el Technicolor y volviera a los magníficos tiempos del monocolor. Sin florituras, sin retoques; sólo la imagen desnuda, fría y, por qué no decirlo, sugerente hasta el extremo y que invita a reflexionar que colores guardados con recelo bajo la escala de grises que, más que empañar, glorifican el color que se esconde detrás de ella.

Examino mi vida y observo su superficialidad. El color y las apariencias nos han emborrachado hasta el punto de convertirnos en adictos que no se esfuerzan en llegar más allá de la capa de color y apariencias que es la vida. Esta borrachera no nos deja ver lo que las apariencias han ocultado y sólo nos deja ver algunos resquicios de realidad. Las apariencias han ocultado lo más importante de una persona, su personalidad.

Después de haber vivido toda mi vida bajo los efectos de lo superficial he decidido destaparme para no caer en un cólico que me cueste muy caro. Sí, soy superficial y me arrepiento. No quiero que me critiquéis, quiero que os unáis a mí. Sé que pensáis que no lo sois, pero analizad bien vuestras vidas; prejuicios; opiniones superficiales, injustificadas y superficiales. Vivimos en el mundo de lo aparente y somos victimas de nuestras circunstancias.

Me di cuenta del valor que esconde el interior de todas las cosas. Ese interior que no me molesté en mirar durante mucho tiempo debido a una sobre-exposición sensorial a los colores. Por unos momentos volví al monocolor y pude experimentar la necesidad de raspar lo superficial y descubrí lo que se esconde debajo de ella. Ahora me arrepiento de no haber rascado antes esta capa de apariencias y no haber ingerido este néctar, mucho más escaso pero mucho más placentero.